LOS ARTÍCULOS DE LA FE

LOS ARTÍCULOS DE LA FE



Antes de proseguir, revisemos y resumamos las discusiones precedentes.

  1. El Islam es la sumisión y obediencia a Dios, el Señor del Universo. Sin embargo, como el único medio seguro y auténtico de conocerlo y de aprender cuáles son sus voluntades y su ley se encuentra en las enseñanzas del verdadero Profeta, se puede definir el Islam como una religión que exige una fe total en las enseñanzas del Profeta, la aceptación y la puesta en práctica de sus preceptos de vida. Por consiguiente, el que rechaza al intermediario, que es el profeta, y pretende seguir a Dios directamente no es un musulmán.

  2. En el pasado, diferentes profetas han aparecido los unos después de los otros. En esta época, el Islam tenía el nombre de esta religión enseñada en una nación por su o sus profetas. Aunque el Islam no haya variado en su naturaleza ni en su sustancia, cualquiera que fuese la época o el país, los modos de adoración, los códigos de leyes, y otras reglas de pormenores de la vida difieren ligeramente según las condiciones particulares en cada pueblo. No era por consiguiente necesario para una nación, seguir al profeta de otra nación y su deber se limitaba solamente a seguir los mandatos de su propio profeta.

  3. Este período de coexistencia de múltiples profetas acabé con la aparición de Muhammad -la paz sea con él-. El concluyó las enseñanzas del Islam. Una ley fundamental y única fue formulada para todo el Universo y él llegó a ser el profeta de toda la Humanidad. Su apostolado no estaba destinado a un pueblo, un país, o una época particular, su mensaje era universal y eterno. Los códigos anteriores fueron abrogados con la aparición de Muhammad -la paz sea con él- que, ha dado al mundo un código de vida completo. Ahora no habrá otro profeta en el futuro, ni más códigos religiosos hasta el fin del mundo. Las enseñanzas de Muhammad -la paz sea con él- son destinadas a todos los hijos de Adán. a toda la raza humana. Ahora, el Islam consiste en seguir a Muhammad, es decir, en reconocer su calidad de profeta, creer en su palabra, seguir su letra como en su espíritu y someterse a todos los mandatos y mandamientos, que son los de Dios mismo. He ahí lo que es el Islam.

Esto nos lleva automáticamente a preguntar: ¿En qué, Muhammad -la paz sea con él- nos manda creer? ¿Cuáles son los artículos de la fe islámica? Vamos a tratar de examinar estos artículos, ver cómo son simples, verídicos, interesantes y válidos, y cómo pueden elevar los estatutos del hombre en este mundo como en el mundo futuro.

- «tawhid» - La fe en Dios único

    La significación de la «kalima»

     Los efectos del «tawhid» en la vida del hombre

- La fe en los ángeles de Dios

- La fe en los libros de Dios

- La fe en los Profetas de Dios

- La fe en la vida ulterior después de la muerte

     ¿Por que esta creencia es tan necesaria?

     La vida después de la muerte: Una apología racional

 

«tawhid» - La fe en Dios único

La enseñanza más fundamental y más importante del profeta Muhammad -la paz sea con él- es la fe en la unidad de Dios. Esto está expresado en la kalima, primordial en el Islam: la ilaha illa Allah «No hay más Dios que Dios». Esta bella expresión es el fundamento del Islam y su esencia misma. Es la expresión de esta creencia la que distingue a un verdadero musulmán de un kafir (infiel), de un muchrik (el que asocia otras divinidades a Dios) o de un dahriya (ateo). El hecho de aceptar o negar esta frase crea una enorme diferencia entre los hombres. Los que crean en ello forman una comunidad única, y los que lo rechazan forman el grupo adverso. Los creyentes progresarán en el camino del triunfo tanto en este mundo como en el otro, mientras que el fracaso y la ignominia serán el destino final de los que rechazan creer en ello.

Pero es evidente que el único hecho de pronunciar una o dos frases no sería en sí la única causa para una diferencia tan capital. Esta diferencia no puede provenir más que de la aceptación consciente de esta doctrina y de una adhesión total a sus estipulaciones en la práctica. A menos que no conozcáis la significación real de la frase «No hay más dios que Dios» y el alcance y la fuerza que su aceptación puede tener en la vida humana, no podéis realizar la Importancia real de esta doctrina. No puede ser eficaz sino en la medida en que estos principios de base son aplicados. La repetición pura y simple de la palabra «comida» no puede calmar el estímulo del hambre, nunca el diagnóstico de una receta médica, puede curar una enfermedad. Del mismo modo, si una persona respeta la kalima sin comprender su sentido ni sus consecuencias, esta Kalima no podrá lograr la revolución que se pretende. La revolución en la mentalidad y en la vida de un ser no se realiza más que si la persona coge el sentido completo de la doctrina, realiza lo que ella significa, y cree sinceramente, lo acepta y lo sigue tanto en su letra como en su espíritu. Si esta aprehensión de la Kalima no es realizada no habrá ninguna eficacia real. Tenemos cuidado con el fuego porque sabemos que quema, evitamos el veneno porque sabemos que es mortal. Del mismo modo, si hemos asimilado plenamente el sentido del Tawhid, debemos necesariamente procurar de evitar, en nuestros pensamientos, así como en nuestra conducta, toda forma o rasgo de incredulidad, ateísmo y politeísmo. Todo esto deduce naturalmente la creencia en la unidad de Dios.

 

La significación de la «kalima»

En árabe, la palabra ilaha, significa «al que se adora», es decir, un ser que por razón de su grandeza y de su poder es considerado como digno de ser adorado, digno de inclinarse ante El en señal de humildad y de sumisión. Cualquier criatura o ser que esté dotado de un poder demasiado grande con respecto a los demás hombres es igualmente llamado ilah. El concepto de ilah implica posesión de poderes infinitos, de poderes estupefactos y prodigiosos. Implica también que se depende del ilah, pero que él no depende de nadie. La palabra ilah posee también una idea de secreto y de misterio; el ilah serla un ser invisible, que se escapa a nuestros sentidos. La palabra khuda en persa, deva en indio, dios en español, dieu en francés, god en inglés, gott en alemán, está muy cerca del mismo sentido. Otras lenguas del mundo tienen también una palabra con un sentido similar.

La palabra Allah por el contrario, es el nombre propio de Dios. la ilaha illa Allah significa literalmente «No hay más ilah que el ser Supremo conocido bajo el nombre de Dios». Esto significa que en todo el Universo no hay ningún ser digno de ser adorado más que Dios, que es ante el único que las cabezas deberían inclinarse en señal de adoración y de sumisión. Que es el único ser que posee todos los poderes, que todos los hombres tienen necesidad de su benevolencia y que todos están obligados a solicitar su ayuda. Queda oculto en nuestros sentidos, y nuestro espíritu no consigue descubrir su realidad.

Después de haber explicado el sentido de estas palabras, descubriremos ahora su alcance real.

Según lo que se puede conocer de la historia humana desde los tiempos más remotos, así como los vestigios más lejanos de la Antigüedad que nos han llegado podemos comprobar que en cada época el hombre ha reconocido y adorado a uno o varios dioses. Incluso en la época actual, cada nación de la tierra, desde las más primitivas a la más civilizadas, cree en una divinidad y la adora. Esto prueba que el concepto de Dios y de su culto es profundamente arraigado en la naturaleza humana. Hay algo en el alma del hombre que le conduce a ello irresistiblemente.

Se puede entonces preguntar: ¿Qué es esta idea y por qué el hombre ha llegado a concebirla? Podemos tal vez responder a esta pregunta estudiando la posición del hombre en el seno del inmenso Universo. Un examen del hombre y de su naturaleza desde este punto de vista, enseña que no es todopoderoso. No puede tampoco proveer sélo sus necesidades, ni existir espontáneamente y sus poderes no son infinitos. En efecto, es una criatura débil, frágil y vulnerable. Su existencia depende de un número incalculable de fuerzas, sin ayuda de las cuales no puede progresar pero que no están todas totalmente en su poder. A veces, llegan a su posesión de una manera simple y natural, y otras veces se encuentra desprovisto de ellas. Hay muchas cosas importantes que trata de obtener, sin conseguirlo siempre, porque no está completamente en su poder adquirirlas. Hay muchas cosas que le son perjudiciales: Los accidentes pueden aniquilar en un instante una vida de trabajo o todas sus esperanzas; la enfermedad, las preocupaciones y las calamidades le amenazan continuamente, obstaculizando su marcha hacia la felicidad. Trata de evitarlas pero no está nunca seguro de librarse de ellas. Existen muchas cosas cuya grandeza y majestad le hacen respetar: las montañas y los ríos, los animales gigantescos y las fieras. Sufre los temblores de tierra, las tempestades y otras calamidades naturales. Observa las nubes por encima de su cabeza y las ve juntarse y obscurecerse con grandes truenos, relámpagos y torrentes de lluvia diluviana. Ve el sol, la luna y las estrellas en su continuo movimiento. Se da cuenta hasta qué punto estos cuerpos celestes son poderosos y majestuosos, y por contraste, hasta qué punto él mismo es frágil e insignificante. ¡Los fenómenos naturales por un lado, y la conciencia de su propia fragilidad por otro, le hacen comprender su debilidad, su humilde estado y su impotencia! La idea primaria de la divinidad coincide que este sentimiento. Piensa en el que domina estas grandes fuerzas. La idea de su grandeza le hace inclinar la cabeza humildemente, el sentimiento de su poder le hace buscar su ayuda; le teme mucho y trata de evitar su cólera a fin de no ser destruido.

En el estado primitivo de ignorancia, el hombre piensa que los elementos naturales cuya grandeza y gloria son visibles, y que parecen serle ora tan benévolos, ora tan hostiles, poseen en ellos mismos un poder y una autoridad real y que por consiguiente, son de esencia divina. Es así como adoran a los árboles, animales, ríos, montañas, fuego, lluvia, viento, astros y muchas otras cosas. Esta es la peor forma de ignorancia.

Cuando su ignorancia empieza a disiparse, y acaban por darse cuenta de que estos elementos grandiosos e impresionantes son en ellos mismos completamente impotentes, no ocupan una posición privilegiada con respecto al hombre, sino más bien inferior. El animal, el más grande y más fuerte, muere también como el ser más minúsculo, a pesar de todo su poder; el nivel de los grandes ríos puede subir o bajar, e incluso secarse. El hombre mismo puede atravesar las altas montañas por túneles o bajar su cumbre. La productividad de la tierra no depende únicamente de ella misma, el agua la hace fertil, la sequía esteril. El agua misma no es independiente; depende del viento que la lleva a las nubes. El viento mismo está sin poder propio y su acción depende de otras causas.

La Luna, el Sol, las estrellas igualmente están sometidas a leyes inflexibles en los límites de los cuales no tienen ninguna autonomía. Después de haber considerado esto, su espíritu tiene presente entonces la posibilidad de algún gran poder misterioso de naturaleza divina que controla los objetos que ve y que será el depositario de toda autoridad. Estas reflexiones provocan el nacimiento de una creencia en poderes misteriosos por encima de los fenómenos naturales, de los dioses innumerables que se han supuesto que gobernaban los diferentes dominios de la Naturaleza, tales como el viento, la luz, el agua... El hombre construye formas materiales evocadoras o símbolos que les representan y comienza a adorar estas formas y estos símbolos. Esto es igualmente una forma de ignorancia incluso en esta época intelectual y cultural, la realidad queda aún oculta en el espíritu humano.

A medida que el hombre progresa y medita cada vez más profundamente en los problemas fundamentales de la vida y de la existencia, descubre una ley poderosa y un control general sobre el Universo ¡Qué regularidad perfecta puede ser observada en el salir y ocultarse el sol, en los vientos y en las lluvias, en el movimiento de las estrellas y la sucesión de las estaciones! ¡Con qué armonía innumerables y diversas fuerzas trabajan en común y según que ley altamente eficaz y supremamente sabía son coordinadas para proceder en conjunto en un tiempo fijado, para un resultado fijado! Observando esta uniformidad, esta regularidad y esta obediencia total a una ley inmutable en todos los dominios de la Naturaleza, un politeísta mismo está obligado a creer que debe existir una divinidad más grande que todas las demás, ejerciendo la autoridad suprema. Porque, si hubiera divinidades independientes y distintas, toda la maquinaria del Universo sería trastornada. El hombre llama a esta divinidad principal con diferentes nombres, «Allah», «Permeshvas», «God», «Dieu», «Dios», «Khuda-i-Khudaigan». Pero mientras que las tinieblas de la ignorancia persistan, continuará adorando a divinidades menores al mismo tiempo que a la divinidad suprema. Imaginan que la realeza de Dios no debe ser diferente de las realezas terrestres. Lo mismo que un rey de la tierra tiene ministros, hombres de confianza, gobernadores, y oficiales responsables, del mismo modo, las divinidades menores son los mismos oficiales responsables bajo la autoridad de Dios todopoderoso al que no se puede aproximar más que después de atraerse la estima de los oficiales bajo sus órdenes. Se les debe igualmente rendirles un culto, implorarles ayuda y tener cuidado de no ofenderles jamás. Así son considerados como agentes por medio de los cuales se puede llegar a Dios todopoderoso.

Conforme el hombre adquiere el conocimiento, menos le satisface la idea de multitud de dioses. El número de estas divinidades menores comienza también a disminuir. Hombres más ilustrados examinan estas divinidades más sistemáticamente y descubren que ninguna de estas divinidades inventadas por el espíritu humano tienen carácter divino; ellos mismos son criaturas, como el hombre, y también impotentes. Son pues abandonadas y rechazadas las unas tras las otras hasta que no subsista más que un Dios único. Pero el concepto de un Dios Único contiene aún rasgos de elementos de ignorancia. Algunos imaginan que tiene un cuerpo carnal como el hombre y vive en un sitio determinado. Otros creen que Dios descendió a la tierra bajo una forma humana; otros que Dios, después de haber regalado el proceso del Universo se retiré y descansa ahora. Algunos creen que es necesario aproximarse a Dios por medio de los santos y de los espíritus y que no se puede dar ningún paso sin la intercesión de ellos. Algunos Imaginan a Dios bajo una determinada apariencia y tienen la necesidad de crearse imágenes que adorar. Estos falsos conceptos de la idea de la divinidad han subsistido hasta nuestros días y buen número de ellos son todavía aceptados en nuestros días por diversos pueblos.

El Tawhid es el concepto más elevado que puede hacerse de la divinidad. Este concepto ha sido enviado por Dios a la Humanidad en todas las épocas por medio de sus profetas. Fue este concepto el que se le Inculcó a Adán al principio, cuando fue enviado a la tierra. Fue el mismo concepto que se le revelé a Noé, Abraham, Moisés y Jesús (que las bendiciones de Dios sean sobre ellos) este fue el mismo concepto que Muhammad (las bendiciones de Dios sean con él) llevé a la Humanidad. Es un conocimiento puro y absoluto, sin la menor sombra de ignorancia. El hombre se hace culpable de chirk, idolatría y de kufr únicamente porque se desvía de las enseñanzas de los profetas y se fía de sus propios razonamientos deficientes, en percepciones o interpretaciones erróneas. El Tawhid dispersa todas las nubes de ignorancia e ilumina el horizonte con la luz de la realidad. Veamos qué realidades significativas aporta este concepto de tawhid-esta pequeña frase-: la ilaha illa Allah. Comprenderemos esto meditando en los puntos siguientes:

Primeramente vamos a examinar la cuestión del Universo. Estamos confrontando a un Universo grandioso e infinito. El espíritu humano no llega a discernir su origen y a concebir su fin. Se mueve según una trayectoria determinada desde tiempos inmemoriales, y continúa su viaje en las vastas perspectivas del futuro. Innumerables criaturas han aparecido en él y continuarán apareciendo cada día. Los fenómenos naturales son tan asombrosos que el espíritu humano está confundido e impresionado de su grandeza. El hombre es incapaz de comprender y de tratar la realidad con su sola visión tan limitada. No puede creer que todo esto haya aparecido simplemente por azar. El Universo no es una masa de materia surgida por accidente, un conglomerado de objetos caóticos y desprovistos de sentido. Todo esto no puede existir sin el impulso de un Creador, un Arquitecto, un Gobernador. ¿Pero quién ha podido crear y controlar este Universo majestuoso? Aquél que todo lo puede que es Maestro de todo; que es Infinito y Eterno; que es todopoderoso, Omnisciente, Omnipotente, que posee una sabiduría ilimitada, que lo sabe todo, que lo ve todo. Debe tener la autoridad suprema sobre todo lo que existe en el Universo, poseer poderes infinitos, ser el Señor del Universo y de todo lo que en él se encuentra, estar desprovisto de todo defecto o imperfección. Nadie tiene el poder de interferir en su obra. Únicamente tal ser puede ser el Creador, el Controlador y el Gobernador del Universo.

Segundamente, aparece como esencial que todos estos atributos y poderes divinos sean concentrados en un solo Ser. Es imposible imaginar la coexistencia de varias personalidades teniendo en igualdad todos los poderes y los atributos. Entrarían inevitablemente en conflicto. Por consiguiente, no puede existir más que un solo y único Ser Supremo teniendo el control sobre todos los demás. No se puede imaginar dos gobernadores para la misma provincia, o dos comandantes jefes del mismo ejército. Del mismo modo, es impensable suponer la repartición de estos poderes entre diversas divinidades; por ejemplo que una de ellas sea todo conocimiento, la otra todo providencia y cualquier otra fuente de vida; cada una posee su propio dominio reservado. El Universo es un todo indivisible, cada una de estas divinidades sería entonces dependiente de las demás en la ejecución de su tarea; se produciría inevitablemente una falta de coordinación, y en este caso, el mundo estaría destinado a la destrucción. Estos atributos divinos no son transferibles. No es posible que un atributo determinado pertenezca a tal o tal divinidad en un determinado momento y que después pertenezca a otra divinidad. Un ser divino que sea incapaz de permanecer por él mismo vivo, no puede dar la vida a los demás. El que no puede proteger su propio poder divino es completamente inapto para gobernar el Universo sin limites.

Así pues, si reflexionáis en este problema, os convenceréis de que todos estos poderes y atributos divinos no pueden pertenecer más que a un ser único. Por consiguiente, el politeísmo es un efecto de la ignorancia y no puede resistir un examen racional. Es una imposibilidad práctica. Los hechos de la vida y de la Naturaleza, no «se ajustan» con esta explicación. Llevan automáticamente al hombre a la realidad, es decir, al Tawhid (la unidad de ¡Dos).

Teniendo presente en vuestro espíritu este concepto correcto y perfecto de Dios, echad ahora un vistazo escudriñador sobre este vasto Universo. Aplicad todos vuestros esfuerzos en este examen, entre todas las cosas que percibáis, entre todo lo que podáis pensar, sentir o imaginar -todo lo que vuestro conocimiento pueda aprehender-. ¿Alguien goza de esos atributos? El Sol, la Luna, las estrellas, los animales, los pájaros, los peces, la materia, el dinero, ¿es que alguno de ellos posee estos atributos? ¡Ciertamente, ninguno! Pues todo en el Universo es creado, controlado, regulado, mortal y efímero. Nada posee una autonomía de acción o decisión; hasta en los menores movimientos, todo es controlado por una ley inexorable de la que no se puede apartar. La Impotencia tan evidente de todos los objetos de la creación prueba que la investidura de la divinidad no conviene a su condición. No contienen la menor partícula de divinidad y no tienen absolutamente nada que ver con ella. Están desprovistos de poderes divinos y es disfrazar la verdad y dar muestra de gran desatino atribuirles un estado divino. Esto es el significado de «La ilaha», es decir, «No hay más dios»; ningún objeto humano ni material posee poder y autoridad divinos ni merecen la adoración y la obediencia.

Pero nuestra búsqueda no se queda ahí. Hemos encontrado que la divinidad no reside en ninguno de los elementos materiales o humanos del Universo, y que ninguno de entre ellos posee de esto el más pequeño rasgo. Esta investigación, incluso, nos lleva a la conclusión de que existe un Ser Supremo, por encima de todo lo que nuestros débiles ojos ven en el Universo, que posee atributos divinos, que es la voluntad tras todos los fenómenos, el Creador de este Universo grandioso, el que controla su ley soberbia, gobierna su ritmo supremo, el Administrador de todos los trabajos: es Dios, el Señor del Universo que no está asociado en su divinidad. Esto es lo que significa: illa Allah (si no es Dios).

Este concepto, es superior a todos los demás, y cuanto más lo examinéis, más profundo será vuestro convencimiento de que es el punto de partida de todo conocimiento. En cada dominio de búsqueda, la política, la sociología o las humanidades apercibiréis que cuanto más profundicéis la cuestión, la verdad de: la ilaha illa Allah será evidente. Es este concepto el que abre las puertas de la búsqueda y de la investigación, y el que proyecta sobre los sentidos del conocimiento la luz de la realidad. Si negáis esta realidad, o si la tratáis con indiferencia, en cada paso os encontraréis la desilusión, porque la negación de esta verdad elemental quita su sentido real y su verdadero significado en todo lo que existe en el Universo. Aparece todo privado de todo significado, y las perspectivas del progreso llegan a ser confusas.

 

Los efectos del «tawhid» en la vida del hombre

la ilaha illa Allah lleva a la vida de un hombre, y veamos por qué debería siempre acertar en la vida, por qué el que niega esta creencia está consagrado al fracaso, tanto en esta vida como en la vida ulterior.

  1. Un creyente en esta kalima no tiene prejuicios ni ideas limitadas. Cree en un Dios que es el Creador de los cielos y de la tierra, el Soberano del Oriente y el Occidente y el Proveedor del Universo entero. En virtud de esta fe no considera nada en el mundo extraño a él mismo. Mira todas las cosas del Universo como las posesiones del mismo Señor al cual pertenece él. No tiene prejuicios en sus pensamientos ni en sus actos. Su simpatía, su amor y ayuda no están reservados para una esfera ni para un grupo particular. Su horizonte intelectual es amplio y sus vistas liberales y tan ilimitadas como es el reino de Dios. ¿Cómo esta amplitud de mirada podría ser de un ateo, un politeísta, o de alguien que cree en una divinidad que supone posee poderes tan limitados y defectuosos como un simple hombre?

  2. Esta fe produce entra los hombres una estima y un respeto de sí, del más alto grado. El creyente sabe que Allah (Dios único) es el poseedor de todo poder y que nadie, a parte de El, puede proteger a un hombre, o perjudicarle, proveer sus necesidades, dar o quitar la vida, usar autoridad o influencia. Este convencimiento le hace indiferente, independiente y sin temor a cualquier otro poder que no sea el de Dios. No inclina nunca la cabeza ante ninguna criatura de Dios. No tiende la mano ante nadie. No se intimida por la grandeza de nadie.

    Esta cualidad o actitud mental no sirve para ninguna otra creencia. Porque para aquellos que asocian otros seres a Dios, o niegan la existencia de Dios, les es preciso entonces rendir homenaje a criaturas, considerarlas como capaces de aniquilarles o protegerles, temerles y poner en ellos todas sus esperanzas.

  3. A la vez del respeto en sí, esta fe produce en el hombre un sentimiento de modestia y de humildad. Esta lo hace simple y sin pretensión. Un creyente no llega a ser nunca orgulloso, altivo o arrogante. El orgullo ruidoso del poder, de la riqueza, no tienen sitio en su corazón, porque sabe que todo lo que él puede poseer le ha sido dado por Dios y que Dios puede quitar lo mismo que puede dar. Al contrario un incrédulo, cuando tiene éxito en el mundo llega a ser orgulloso y presuntuoso porque cree que su bien es debido a su propio mérito. Del mismo modo, el orgullo y la presunción acompañan inevitablemente al chirk (diversas divinidades comparten la autoridad de Dios) porque un muchrik cree que tiene con las divinidades una relación especial, que los demás no tienen.

  4. Esta fe hace al hombre honesto y virtuoso. Tiene el convencimiento de que no existe para el otro medio de conseguir el triunfo y la bendición más que por la pureza del alma y por un comportamiento íntegro. Tiene una fe completa en Dios que está por encima de toda necesidad y que no depende de nadie. Porque Dios es infinitamente justo, y nadie tiene parte ni influencia en el ejercicio de sus poderes divinos. Esta fe le hace pensar que a menos que viva con rectitud y actúe con justicia, no podrá triunfar. Ninguna influencia ni actividad bajo su mano podría salvarle de la ruina. Los kafirs y los muchrik por el contrario, viven siempre de falsas esperanzas. Algunos creen que el Hijo de Dios fue crucificado en expiación de sus pecados, otros piensan que son los elegidos de Dios y no serán castigados; otro creen que sus santos intercederán ante Dios a su favor; mientras que otros todavía hacen ofrendas a sus divinidades y creen que «comprando» así a los dioses le dan licencia para todas sus frivolidades y sus malas acciones, y quedan impunes, tales creencias erróneas los mantienen en las mallas del pecado y de las malas acciones, y como dependen de sus divinidades, olvidan purificar sus almas y vivir vidas rectas y buenas. En cuanto a los ateos, no creen en la existencia de un Ser que tiene poder sobre ellos, ante el cual serán responsables de sus buenas obras o malas acciones; por consiguiente, se consideran en efecto libres de actuar como mejor les parezca en este mundo. Sus propios caprichos llegan a ser sus únicos dioses, y viven esclavos de sus deseos.

  5. El creyente no está nunca triste o desalentado cualquiera que fuesen las circunstancias. Tiene una fe inquebrantable en Dios que es el Señor de todos los tesoros de la tierra y de los cielos; cuya gracia y generosidad no tienen límites, y cuyos poderes son infinitos. Esta fe lleva a su corazón un extraordinario consuelo le llena de satisfacción y conserva su esperanza. Aun cuando encontrara en este mundo el desaliento en cada paso; si todo contrarrestara sus intenciones, si todo le faltase, su fe en Dios y la confianza que pone en El no le dejan jamás, y con su consuelo continúa la lucha. Una confianza tan profunda no puede resultar más que de la fe en Dios Único. Los muchriks, los kafirs y los ateos. tienen corazones vacilantes porque sus esperanzas descansan sobre bases frágiles; y en las horas difíciles son pronto sumergidos en la desesperación y a menudo se dan la muerte.

  6. Esta fe suscita en el hombre un alto grado de determinación, perseverancia, paciencia y confianza en Dios. Una fe que ha decidido consagrar sus recursos en seguir los mandatos divinos para agradar a Dios, está seguro de gozar de la protección del Señor del Universo. Esta certidumbre la hace fuerte y firme como una roca, y ninguna dificultad, ningún obstáculo, pueden hacerle abandonar sus resoluciones. El chirk, el kufr o el ateísmo no producen tales efectos.

  7. Esta declaración de fe hace al hombre bravo y valiente. Hay dos razones que pueden hacer a un hombre cobarde: 1.° El miedo a la muerte y el amor a la seguridad; 2.° La idea de que otro pueda tomar su vida y que el hombre por determinados medios pueda descartar la muerte. La fe en la ilaha illa Allah purifica al espíritu de estas dos ideas. En lo que concierne a la primera, el creyente sabe que su vida, sus bienes, y todas las cosas pertenecen en realidad a Dios, y está dispuesto a sacrificarlo todo por agradar a Dios. Descarta fácilmente la segunda idea porque sabe que ningún alma, ningún hombre o animal tiene el poder de tomar su vida. Dios sélo tiene en ello poder. Un tiempo ha sido fijado para él y todas las fuerzas del mundo reunidas no sabrían quitar la vida a cualquiera, aunque fuera un segundo, antes dei tiempo fijado. Es por esta razón por la que no hay nadie más valiente que el que tiene fe en Dios. Nadie puede tener más razón que él: incluso la tempestad de la adversidad, la tormenta de la oposición y el ejército más poderoso pueden abatirle. Cuando se pone a combatir por Dios, puede sacar una fuerza diez veces superior a la suya. ¿De dónde los muchriks, los kafirs y los ateos podrían obtener tal determinación, tal fuerza? Ellos tienen su vida como lo más precioso de sus bienes en la tierra, y creen que la muerte es llevada por el enemigo y puede ser evitada escapándose ante él.

  8. La fe en la ilaha illa Allah lleva la paz y la alegría al corazón, libera al espíritu de las pasiones sutiles, de los celos, la envidia y la codicia y hace desechar la idea de utilizar medios bajos y viles para alcanzar el triunfo. El creyente sabe que la riqueza está en las manos de Dios y que El la reparte más o menos abundantemente según su voluntad; que el honor, el poder, la fama y la autoridad -todo está sometido a su voluntad y que El los distribuye segun le parece; que el deber del hombre consiste solamente en tratar de luchar lealmente. Sabe que el triunfo o el fracaso depende de la gracia de Dios; si El quiere dar algún poder al mundo nadie podría impedirlo y si no lo quiere dar, no pueden obligarle. Por el contrario, los muchriks, los kafirs y los ateos consideran que sus triunfos o sus fracasos no dependen más que de sus propias fuerzas y de la ayuda o de la oposición de los poderes terrestres. Por consiguiente, quedan siempre esclavos de la codicia y de la envidia. Para llegar al triunfo, no vacilan en corromper, adular, conspirar, y en utilizar toda clase de medios indignos para provocar la caída de su rival afortunado.

El efecto más importante de la fórmula la ilaha illa Allah es que lleva al hombre a obedecer y observar la ley de Dios. El que tiene fe en esta fórmula está seguro de que Dios conoce todas las cosas aparentes u ocultas; incluso si comete un pecado en un lugar secreto o en las tinieblas de la noche, Dios lo sabe; conoce hasta nuestros pensamientos más ocultos y nuestras intenciones, buenas o malas. Podemos disimular, ante no importa quién, pero no lo podemos hacer ante Dios. Podemos escapar de cualquiera, pero es imposible escapar de Dios. Si el hombre está convencido de esto, si observa los mandatos de Dios; evitará lo que Dios ha prohibido, y seguirá sus mandatos, incluso estando solo y oculto en la sombra de la noche, porque sabe que la supervigilancia de Dios no se debilita jamás, y teme al tribunal que no puede evitar el juicio. Es por esta razón que la condición primordial y la más importante para ser musulmán es la fe en la ilaha illa Allah. «Musulmán», como se ha visto ya, significa «Obediente a Dios», y la obediencia a Dios es imposible a menos que no se crea firmemente en la ilaha illa Allah, es decir que no hay nadie digno de ser adorado más que Dios.

En las enseñanzas de Muhammad -las bendiciones de Dios sean con él-, la fe en un Dios único es el principio capital, fundamental. Es la base misma del Islam y la fuente de su poder. Todos los demás dogmas, mandatos y leyes del Islam se basan en esta base. Todas sacan su fuerza de esta fuente. Si la descartas no queda nada del Islam.

 

La fe en los ángeles de Dios

El profeta Muhammad -la paz sea con el- nos ha enseñado además a creer en la existencia de los ángeles de Dios. Es el segundo artículo de la fe islámica. Es muy importante, porque purifica el concepto del Tawhid y descarta el peligro de todo rasgo de chirk (politeísmo).

Los politeístas han asociado dos clases de criaturas a Dios:

  1. las que tienen una existencia material y son perceptibles al ojo humano, tales como el Sol, la Luna, las estrellas, el fuego, el agua, los animales, los héroes...

  2. los que no tienen existencia material y no pueden ser percibidos por el ojo humano; los seres invisibles que el hombre imagina responsables del gobierno del Universo; uno por ejemplo, controlaría el viento, otro daría la luz, otro traerla la lluvia, y así sucesivamente.

Los pretendidos dioses de la primera categoría tienen una existencia material y son visibles por el hombre. La falsedad de su pretensión a la divinidad ha sido plenamente expuesta por la Kalima la ilaha illa Allah. Es suficiente para rechazar la idea según la cual pudieran poseer una partícula cualquiera de divinidad o que merecieran respeto alguno.

Los seres de la segunda categoría, de hecho son invisibles, escapan a la percepción del hombre y por lo tanto, son misteriosos; los politeístas están, pues, inclinados a tener fe en ellos, los toman por divinidades, por dioses, o por hijos de Dios. Hacen estatuas de su imagen, ante las cuales llevan ofrendas. Para purificar la fe en la unidad de Dios, y para eliminar la creencia en criaturas invisibles de la segunda categoría, este artículo de fe particular ha sido expuesto.

Muhammad -las bendiciones de Dios sean con él-, nos ha informado que estos seres espirituales que escapan a nuestra percepción y que las gentes toman por divinidades, dioses, o hijos de Dios, son en realidad sus ángeles. No comparten el carácter divino de Dios; están bajo su autoridad, y son tan obedientes que no pueden derogar ni una pulgada a sus mandatos. Dios los emplea para administrar su reino, y cumplen sus órdenes exactamente y escrupulosamente- No tienen ninguna autoridad para decidir, no pueden presentar a Dios ningún proyecto de su invención; no están incluso autorizados para interceder ante Dios por un hombre. Adorarlos y solicitar su ayuda es degradante y deshonroso para el hombre. Porque el primer día de la creación, Dios les hizo prosternarse ante Adán, le ha concedido un conocimiento más apto que el suyo, colocándolo por encima de ellos, ha hecho a Adán su propio representante en la tierra.

Muhammad -las bendiciones de Dios sean con él- nos ha prohibido adorar a los ángeles y atribuirles carácter divino al lado de Dios, y al mismo tiempo nos ha explicado que los ángeles eran criaturas elegidas de Dios, puras de todo pecado, por su misma naturaleza incapaces de desobedecer a Dios, y eternamente encargados de ejecutar sus órdenes. Además, nos ha informado que estos ángeles de Dios nos rodean por todas partes, y están siempre en nuestra compañía. Observan y anotan todas nuestras acciones, buenas y malas y guardan una relación completa de la vida de cada uno de nosotros. Después de nuestra muerte, cuando estemos ante Dios, presentarán esta relación completa, de la obra de nuestra vida en la tierra, en la cual todo habrá sido registrado fielmente sin que el menor detalle, incluso el más insignificante o el más cuidadosamente escondido, haya sido omitido.

No hemos sido informados más precisamente sobre la naturaleza intrínseca de los ángeles. Sélo algunos de sus atributos y de sus cualidades nos han sido citados, y nos ha sido ordenado creer en su existencia. No vamos por otro medio a conocer su naturaleza, sus atributos o sus cualidades. Sería, por consiguiente, pura locura por nuestra parte atribuirle cualquier forma o cualidad de nuestra propia iniciativa. Debemos creer en ellos exactamente como nos ha sido mandado. Negar su existencia es kufr, porque primeramente no tenemos ninguna razón de hacerlo, y segundo nuestra negación equivaldría a atribuir una mentira a Muhammad -las bendiciones de Dios sean con él-. Creemos en su existencia simplemente porque el verdadero mensajero de Dios nos lo ha informado.

 

La fe en los libros de Dios

El tercer artículo de la fe que Muhammad -las bendiciones de Dios sean con él- nos ha mandado creer, es la fe en los libros de Dios; los libros que ha enviado a la Humanidad por medio de los profetas en diversas épocas.

Dios ha revelado sus libros a sus profetas antes que a Muhammad, del mismo modo que revelé el Corán a Muhammad -la paz sea con él-. Hemos sido informados de los nombres de estos libros: los libros de Abraham, el Thora de Moisés, el zabur («Salterio») de David, y el injil («Evangelio») de Jesucristo. No conocemos los nombres de los libros que, fueron dados a otros profetas. Por consiguiente, en lo que concierne a la existencia de otros libros religiosos, no podemos afirmar con certidumbre si eran el origen de los libros revelados o no. Pero creemos tácitamente que todos los libros que han podido ser enviados por Dios eran verdaderos.

Entre los libros que hemos citado, los libros de Abraham ha n desaparecido y no han dejado vestigios en la literatura mundial existente. El zabur de David («Salterio»), el Thora y el injil existente entre los judíos y los cristianos, pero el Corán nos dice que las gentes han modificado estos libros, y que las palabras de Dios son mezcladas con textos de su propia invención. Esta obra de modificación y de alteración de los Libros es tan evidente que los judíos y los cristianos han admitido que no poseen los textos originales, y no tienen más que sus traducciones, las cuales desde siglos han sufrido y sufrirán aún muchas alteraciones. Estudiando estos libros, se encuentran numerosos pasajes y relatos que, con toda evidencia, no pueden provenir de Dios. La palabra de Dios y del hombre son mezcladas en estos libros, y no tenemos medios de conocer lo que viene de Dios y lo que viene del hombre. Se nos ha mandado creer en los libros revelados anteriormente, pero esto quiere decir solamente que debemos admitir que antes del Corán, Dios ha enviado también libros por medio de sus profetas, los cuales provienen del único y mismo Dios: el mismo que revelé el Corán, y que la revelación del Corán, como libro divino, no es un acontecimiento nuevo y extraño, sino que tenía por fin confirmar, respetar y completar las instrucciones divinas que los hombres habían mutilado o perdido en la antigüedad.

El Corán es el último de los libros divinos enviados por Dios, y existen diferencias notables entre él y los libros anteriores. Estas diferencias pueden ser brevemente expuestas como sigue:

  1. Los textos originales de la mayor parte de los libros divinos anteriores fueron perdidos y sélo quedan sus traducciones. El Corán por el contrario existe exactamente tal como fue revelado al Profeta; ni una sola palabra, ni una sola letra, ha sido cambiada. Se le puede encontrar en su texto original, y la Palabra de Dios es conservada así para todos los tiempos venideros.

  2. En los libros divinos anteriores, el hombre ha mezclado sus propios comentarios con la Palabra de Dios; en el Corán no se encuentra más que la Palabra divina en su pureza original. Esto es admitido incluso por los adversarios del Islam.

  3. Ningún otro libro sagrado poseído por los diferentes pueblos puede afirmarse sobre la base de la evidencia histérica que pertenece realmente al profeta al cual es atribuido. Para algunos, incluso, no se sabe a qué época ni a qué profeta fueron revelados. En lo que concierne al Corán, las pruebas de que fue revelado a Muhammad -las bendiciones de Dios sean con él- son tan numerosas, tan convincentes y tan irrefutables que incluso el peor adversario del Islam no puede dudar de ello. Estas pruebas están tan detalladas que a propósito de numerosas aleyas y mandatos del Corán se conoce con certeza hasta la ocasión y el lugar de su revelación.

  4. Los libros divinos anteriores habían sido enviados en lenguas que han muerto desde hace tiempo. En la época actual, ninguna nación o comunidad habla estas lenguas, y sélo un número muy pequeño de gentes pueden comprenderlas. Así, del mismo modo, si estos libros existieran hoy día bajo su forma pura y original, sería prácticamente imposible en nuestra época comprender e interpretar correctamente sus mandatos y ponerlos en práctica. La lengua del Corán, por e, contrario, es una lengua viva; millones de gentes la hablan, y otros millones la conocen y la comprenden. Es enseñada en casi todas las universidades del mundo; todos pueden aprenderla, y el que no tiene tiempo de hacerlo, encontrará por todos sitios gentes que la conocen y que podrán explicarle el sentido del Corán.

  5. Cada uno de los libros sagrados de las diferentes naciones del mundo estaba dirigido a un pueblo particular. Cada uno de ellos contiene un determinado número de mandatos que parecen haber sido destinados a una época particular de la Historia, y responden únicamente a las necesidades de esta época. No son muy necesarios hoy, ni pueden ser puestos en práctica de manera satisfactoria. Esto prueba claramente que estos libros estaban destinados a tal o cual pueblo en particular y no al mundo en su conjunto. Además, no habían sido revelados para ser seguidos de manera permanente, incluso por el pueblo al cual fueron dirigidos; estaban destinados a ser utilizados durante un determinado período solamente. Por el contrario, el Corán ha sido dirigido a toda la Humanidad; ni uno solo de sus mandatos podría ser sospechoso de estar dirigido a un pueblo en particular. Del mismo modo, los mandatos del Corán son tales que pueden ser utilizados en todo lugar y toda época. Este hecho prueba que el Corán está destinado a la Humanidad entera y es un código eterno para la vida del hombre.

  6. No se puede negar que los libros divinos anteriores encierran también principios de rectitud y virtud; ellos enseñan igualmente principios de moralidad, y exponen el modo de vida adecuado para agradar a Dios, pero ninguno de ellos será bastante universal para abarcar todo lo que es necesario para una vida humana virtuosa, sin omitir nada ni citar nada superfluo. Algunos de ellos son excelentes desde un determinado punto de vista, otros desde otro. El Corán solo, incluye no solamente todo lo que había de bueno en los libros anteriores, sino también concluye la palabra de Dios, la presenta en su totalidad, y expone este código de vida comprendiendo todo lo que es necesario al hombre en este mundo.

  7. A causa de las interpretaciones humanas, muchas cosas han sido introducidas en estos libros, que están en contra de la realidad, irritan a la razón, y son un insulto a todo instinto de justicia. Se encuentran en ellos cosas crueles e injustas, adecuadas para corromper las creencias y las acciones del hombre. Se encuentra en ellas por otra parte desgraciadamente cosas obscenas, indecentes e Inmorales. El Corán está exento de tales adiciones; no contiene nada que pueda ofender la razón o la moral. Ninguno de sus mandatos es Injusto o engañoso; no se encuentra en él, el menor trazo de indecencia o de inmoralidad. Desde el principio hasta el fin, el libro está lleno de sabiduría y de verdad. Contiene las mejores filosofías y leyes para la civilización humana. Indica el camino recto, y guía al hombre al triunfo y la salvación.

Es en consideración de estas características particulares del Corán por lo que todos los pueblos del mundo han sido invitados a tener fe en él, a negar todos los demás libros y a no seguir más que a él, porque contiene todo lo que es esencial para estar en conformidad con la Voluntad de Dios y después de él no hay necesidad de cualquier otro libro divino.

El estudio de las diferencias entre el Corán y los demás libros divinos nos hace fácilmente comprender que la naturaleza de la fe en el Corán y la de la fe en los libros anteriores no es la misma.

En lo que concierne a los libros divinos anteriores, el creyente debería someterse a admitir que emanan todos de Dios, que eran verídicos y habían sido revelados para cumplir en su época un fin semejante al del Corán. Por el contrario, en lo que concierne al Corán, el creyente debe tener la convicción que representa la palabra de Dios, que es perfectamente verídico, que cada una de sus palabras ha sido rigurosamente conservada, y que todo lo que en él se encuentra es justo. El hombre tiene el deber imperativo de poner en práctica en su vida todos los mandatos del Corán, y evitar todo lo que esté en contra de sus preceptos.

 

La fe en los Profetas de Dios

En el capítulo precedente vimos que mensajeros de Dios fueron suscitados entre cada pueblo, y que todos aportaban esencialmente la misma religión -el Islam- que el profeta Muhammad -la paz sea con él- debía propagar más tarde. Desde este punto de vista, todos los mensajeros de Dios pertenecen a la misma categoría y se encuentran en el mismo plano. Renunciar a uno de ellos, equivaldría a renunciar a todos, y si un hombre reconoce y acepta uno de ellos debe reconocerlos a todos. La razón es muy simple: Suponed que diez hombres afirman la misma cosa; si admitís que uno de ellos dice la verdad, «ipso facto», admitís que los nueve restantes dicen también la verdad. Si negáis lo que dice uno de ellos, implícitamente negáis las palabras de los demás. Es por esta razón por la que en el Islam es necesario tener una fe implícita en todos los profetas de Dios. El que no crea en uno de los profetas es un kafir, incluso si tiene fe en todos los demás profetas.

Parece, según las tradiciones, que el número total de los profetas enviados a los diferentes pueblos desde épocas diversas es de 124.000. Si se considera la existencia del mundo desde que el hombre apareció y el número de pueblos y de naciones diferentes que han pasado, este número no es tan elevado. Debemos creer positivamente en los profetas cuyos nombres han sido mencionados en el Corán. Por los demás, debemos creer que todos los profetas enviados por Dios para guiar a la Humanidad eran verídicos. De este modo creemos en todos los profetas suscitados en India, China, Persia, Egipto, África, Europa y en todos los países del mundo, pero no podemos ser positivos con respecto a los que no figuran en la lista de los profetas citados especialmente en el Corán; fueran o no profetas; no sabemos nada definitivo a su respecto. No nos está permitido nunca decir nada en contra de los santos hombres de Otras religiones. Es muy posible que algunos de ellos hayan sido profetas de Dios, y que sus discípulos hayan alterado sus enseñanzas después de su desaparición, exactamente como lo han hecho los discípulos de Moisés y de Jesús -las bendiciones de Dios sean con ellos-. Por consiguiente, cada vez que expresamos cualquier opinión a este respecto, deberá concernir únicamente a las prácticas y ritos de sus religiones; en cuanto a los fundadores de estas religiones, debemos guardarnos de pronunciar un juicio sobre ellos, por temor a ser culpables de irreverencia hacia un profeta.

Eran profetas de Dios y habían sido enviados por Él para mostrar el mismo camino recto del «Islam»; en este plano, no hay diferencia entre Muhammad y los demás profetas -la bendición de Dios sea con ellos- y nos está ordenado creer igualmente en todos ellos. Pero a pesar de su igualdad en este plano, existen las diferencias siguientes entre Muhammad y los demás, profetas -la bendición de Dios sea con todos-:

  1. Los profetas del pasado llegaron en una época dada para un pueblo dado, mientras que Muhammad -la paz sea con él- ha sido enviado para el mundo entero y para todos los tiempos venideros. (Este punto ha sido discutido con detalle en el capítulo III).

  2. Las enseñanzas de estos profetas han desaparecido, o bien lo que queda de ellos no es puro y auténtico, y se encuentran muy a menudo mezclado con numerosas afirmaciones tan erróneas como ficticias. Por esta razón, incluso si alguno decide seguir sus enseñanzas, no puede hacerlo. Por el contrario, las enseñanzas de Muhammad -las bendiciones de Dios sean con él-, su biografía, sus relatos, su manera de vivir, su moral, sus costumbres y sus virtudes, en resumen, todos los detalles de su vida y de su obra son conservados. Muhammad -las bendiciones de Dios sean con él- por consiguiente es el único de la larga línea de los profetas que es una personalidad viva, y es posible seguir sus huellas con confianza.

  3. Las órdenes que nos han dejado los profetas del pasado no eran completas y universales. Cada profeta era seguido por otro que efectuaba modificaciones y adiciones a las enseñanzas y mandatos de su antecesor, y es así como progresaban las reformas. Por esto las enseñanzas de los profetas anteriores quedaron en el olvido al cabo de algún tiempo. Evidentemente, no había en ellos ninguna necesidad de conservar las enseñanzas anteriores en el momento que directivas enmendadas y mejoradas le habían sucedido. Finalmente, el código perfecto fue dado a la Humanidad por medio de Muhammad -la paz sea con él- y todos los códigos precedentes fueron abrogados automáticamente. Sería vano e imprudente seguir un código incompleto cuando existe un código completo. El que escucha la voz de Muhammad -las bendiciones de Dios sean con él- escucha a todos los profetas, porque todo lo que podía haber de bueno y de valedero en las enseñanzas de ellos se encontraba en las suyas. Por consiguiente, el que niegue seguir las enseñanzas de Muhammad, y elige seguir a cualquier otro profeta, no hace más que privarse, él mismo, de la suma de instrucciones válidas y útiles que se pueden encontrar en las enseñanzas de Muhammad, pero que no han existido jamás en los libros de los antiguos profetas y que no han sido revelados más que por medio del último de los profetas.

Por esta razón incumbe a cada ser humano tener fe en Muhammad -la paz sea con él- y no seguir más que a él. Para llegar a ser un verdadero musulmán, un discípulo del género de vida del profeta, es necesario tener una fe total en Muhammad -la paz sea con él- y afirmar que:

  1. Es verdaderamente un profeta de Dios.

  2. Sus enseñanzas son absolutamente perfectas, exentas de todo error.

  3. Es el último de los profetas de Dios; después de él, no aparecerá ningún otro profeta en ninguna nación hasta el día del juicio final, ni ninguna persona en la cual fuera necesario creer para un musulmán.

 

La fe en la vida ulterior después de la muerte

El quinto artículo de la fe islámica es la fe en la vida después de la muerte. El profeta Muhammad -la paz sea con él- nos ha dicho: «Creer en la resurrección después de la muerte y en el juicio Final.» Los elementos esenciales de esta fe, tales como él nos ha enseñado, son los siguientes:

Estos son los elementos esenciales de la creencia en la vida después de la muerte.

 

¿Por que esta creencia es tan necesaria?

La creencia en la vida después de la muerte ha formado parte siempre de las enseñanzas de los profetas. Cada profeta ordené a sus discípulos creer en ello, y Muhammad -la paz sea con él- el último de los profetas, hizo lo mismo. Esto ha sido siempre un punto esencial de la fe Islámica. Todos los profetas han declarado categóricamente que el que no crea en ello o dude es un kafir. Esto es así, porque negar la idea de la vida ulterior priva de toda significación a todos los demás artículos de la fe. Esta negación significaría también que una vida virtuosa no recibiría recompensa, e introduciría así al hombre a llevar una vida de ignorancia e incredulidad. Tratemos de reflexionar en ello para comprender mejor esto.

En vuestra vida de todos los días, cada vez que se os mande hacer alguna cosa, pensáis inmediatamente: ¿Para qué va a servir esto y que es lo que arriesgo si no lo hago? Esto está en la misma naturaleza del hombre. Considera instintivamente como inútil una acción cuya necesidad no ve. Nunca habéis deseado perder vuestro tiempo y vuestra energía en realizar un trabajo inútil e improductivo. Del mismo modo, no os esforzáis por evitar una cosa que es inofensiva. Por regla general, si estáis convencidos de la utilidad de alguna cosa, vuestra respuesta será firme. Pero si dudáis de su eficacia, vuestra actitud será dudosa. Además, ¿por qué un niño pone su mano en el fuego? Porque no está convencido de que el fuego quema. ¿Por qué se rebela contra el estudio? Porque no sabe plenamente la importancia de la educación y los beneficios que de ella procura, y no cree en lo que sus superiores tratan de inculcarle.

Considerad ahora al hombre que no cree en el Día del juicio. ¿No tendría tendencia a considerar la fe en Dios y en una vida conforme a sus deseos como sin importancia? ¿Qué valor tomaría una vida pasada en buscar agrados a Dios? Para él la obediencia a Dios no le trae ninguna ventaja, la desobediencia a su ley ningún inconveniente. ¿Cómo le será entonces posible seguir escrupulosamente los mandatos de Dios, de su Profeta y de su Libro? ¿Dónde encontrará los motivos y los estímulos necesarios para afrontar las pruebas y sacrificios y para rechazar los placeres de este mundo? Si un hombre no sigue la ley de Dios y no vive según sus propios deseos e Impulsos, ¿para qué le sirve su fe en la existencia de Dios, sí se limita a esto solamente?

Esto no es todo. Si meditáis más llegaréis a la conclusión de que la fe en la vida ulterior es un factor determinante, esencial en la vida del hombre. El hecho de aceptarla o rechazarla determina el curso mismo de la vida y de su conducta.

Un hombre que ha visto el triunfo o el fracaso en este mundo solamente, no se preocupa más que de los beneficios o de las contrariedades que puedan llegarle en esta vida, en este mundo. No estará tan deseoso de emprender buenas acciones, sí no tiene la esperanza de encontrar en ellas un provecho mundano, ni evitar las malas acciones, a no ser que no tengan perjuicio en sus intereses en este mundo.

Pero un hombre que cree en una vida ulterior, en el otro mundo, y que está firmemente convencido de las consecuencias finales de sus actos, considerará las ganancias o las pérdidas de este mundo como temporales y transitorias, y no arriesgará su salvación eterna por un provecho pasajero. Considerará las cosas con una perspectiva más amplia, y tendrá siempre presente lo que pueda ganar o perder en la eternidad. Hará el bien sea cual fuere lo que pueda por ello procurar en este mundo o sea cual fuere el daño que pueda llevar a sus intereses Inmediatos; evitará el mal, sea cual fuere la atracción que ejerza en él. juzgará las cosas desde el punto de vista de sus consecuencias en la eternidad, y no cederá a sus impulsos o a sus caprichos.

Existe pues una diferencia radical entre los conceptos que se sacan de la vida de un creyente y de un incrédulo. Uno tiene del Bien una idea que no pasa del cuadro de los beneficios inmediatos que puede adquirir en esta vida provisional, dinero, bienes materiales, celebridad, y otras cosas parecidas que le confieren una posición, el poder, la gloria, y la felicidad en este mundo. Estas cosas constituyen su único objetivo en la vida. La satisfacción de sus propios deseos y su éxito personal llegan a ser el alfa y el omega de su vida. No duda en recurrir a medios crueles e injustos para conseguir fortuna.

Del mismo modo lo que él llama una mala acción, es todo lo que puede hacerle correr un riesgo o causar daño a sus intereses en este mundo, pérdida de la vida o de sus bienes, mala salud, reputación manchada, u otra contrariedad. Al contrario que este hombre, el creyente concibe el bien y el mal muy diferentemente. Para él, todo lo que agrada a Dios es bueno, y todo lo que suscita su descontento y su ira es malo. Una buena acción, según él, será buena, incluso si no le aporta nada en este mundo, o incluso si le trae la pérdida de sus posesiones terrestres, o perjudica sus intereses personales. Está persuadido de que Dios le recompensará en la vida eterna, y que es éste el verdadero triunfo. Del mismo modo, no sucumbirá a las malas acciones, simplemente para encontrar un provecho en este mundo, porque sabe que, incluso, si escapa al castigo en su corta vida terrestre, será finalmente perdedor e incapaz de evitar el castigo del tribunal de Dios. No cree en la relatividad de la moral, pero si cumple las normas absolutamente reveladas por Dios y vive conforme a ellas, sin considerar lo que puede perder o ganar en este mundo.

Así, es el hecho de creer o no creer en la vida eterna el que hace adoptar al hombre caminos diferentes en esta vida. Para el que no cree en el Juicio Final, es absolutamente Imposible educar su vida de la manera sugerida por el Islam. El Islam dice: «Así como Dios ha mandado dad el Zakat (la caridad) a los pobres». La respuesta del incrédulo será: «No, porque me empobrecería entregando el Zakat, prefiero en su lugar, ocuparme de hacer fructificar mi dinero». Cuando inspecciona a sus deudores, no duda en confiscar todo lo que le pertenece aunque sean pobres y sufran hambre. El Islam dice: «Decid siempre la verdad y evitad la mentira, incluso si ganaseis todo mintiendo y perdierais diciendo la verdad». La respuesta del incrédulo ser «¿Por qué he de decir una verdad que no da ningún provecho, sino al contrario, me trae disgustos? ¿Por qué evitaría mentir si esto puede beneficiarme sin que yo sufra ningún riesgo incluso el de una mala reputación?». El incrédulo se encuentra en un lugar solitario y encuentra allí un metal precioso; en tal caso, el Islam dice: «Esto no os pertenece; no lo toméis». Pero él dirá: «Es una cosa que yo ha encontrado ahí por casualidad, sin haber gastado dinero ni hacer esfuerzo; ¿por qué no lo tomaré? Nadie me ve recogerlo, nadie irá a informar a la policía o llevar testimonio contra mi ante un tribunal, ni me hará una mala reputación entre mis semejantes. ¿Por qué no apropiarme de este objeto de valor?». Cuando alguien deposita secretamente dinero en casa de este hombre, y muere algún tiempo más tarde. El Islam dice: «Sed honestos con los bienes depositados en vuestra casa y dadlos a los herederos del difunto». El incrédulo dice: «¿Por qué? No hay prueba de que me haya confiado su bien y sus hijos mismos lo Ignoran. Yo puedo muy bien apropiarme sin dificultad, sin tener miedo de ninguna reclamación legal, ni nada malo en mi reputación, ¿por qué no lo haría?». En resumen, en cada paso de la vida, el Islam le guía en una determinada dirección y le ordena adoptar una determinada conducta, pero él tomará siempre la dirección opuesta. Porque el Islam mide y evalúa todo desde el punto de vista de las consecuencias eternas; mientras que tal persona sélo lo hace mirando el resultado inmediato y el terrestre. Ahora comprenderéis por qué un hombre no puede ser un verdadero musulmán si no cree en el Dios del juicio. Ser musulmán es una gran cosa; en efecto, sin esta fe, no se puede incluso llegar a ser un hombre honrado, porque negar el Día del Juicio rebaja al hombre a un nivel inferior al más bajo de los animales.

 

La vida después de la muerte: Una apología racional

Hasta ahora, hemos tratado de la necesidad y de la Importancia de la creencia en el Día del juicio. Consideremos ahora hasta qué punto los elementos de esta creencia pueden ser explicados racionalmente. Todo lo que Muhammad -la paz sea con él- ha podido decirnos sobre la vida después de la muerte puede ser defendido por el razonamiento. Aunque nuestra fe en el Día del juicio esté fundada en nuestra confianza implícita en el Mensajero de Dios, la reflexión racional no solamente confirma esta creencia, sino que también revela que las enseñanzas de Muhammad -la paz sea con él- a este respecto, son más razonables y comprensibles que todos los demás puntos de vista sobre la vida después de la muerte.

Sobre este problema, se pueden encontrar las opiniones siguientes en el mundo:

  1. Algunos piensan que nada subsiste del hombre después de la muerte, y que después que este acontecimiento acabe su vida, no hay otra vida. Según ellos esta fe no es verdadera. Dice que tal creencia no es científica, y que no puede ser defendida. Esta es la opinión de los ateos que pretenden ser científicos en sus opiniones, apoyándose en la ciencia occidental.

  2. Otros sostienen que el hombre, para pagar las consecuencias de sus actos, vuelve al mundo periódicamente. Si lleva una vida de pecado, en su próxima vida, tendrá la forma de un animal, perro, gato..., o de un árbol, o bien la de un hombre de linaje inferior. Si ha sido virtuoso, será resucitado en un linaje superior. Este concepto se encuentra en determinadas religiones orientales.

  3. Otros tienen fe en el Día del juicio, la Resurrección, la comparecencia del hombre ante el tribunal divino, y la atribución de recompensa y castigo. Esta es la creencia común de todos los profetas -la paz y la bendición de Dios sea con ellos-.

Examinemos estos conceptos unos tras otros: el primero que se atribuye la garantía de la ciencia, sostiene que no hay ninguna realidad en la idea de la vida después de la muerte: que nunca ha habido ningún caso de resurrección. Vemos que después de la muerte, el hombre vuelve al polvo. Por consiguiente, la muerte es el fin de la vida, y no hay vida después de la muerte. Pero reflexionemos en este razonamiento. ¿Es esto verdaderamente un argumento científico? ¿Se funda realmente en la razón? Si es verdad que no se han visto nunca casos de resurrección después de la muerte, se puede solamente deducir con ello, que no pueden saber lo que hay después de la muerte. Pero en lugar de quedar en estos limites, declaran que nada sucede después de la muerte, subrayando al mismo tiempo que hablan en nombre del espíritu científico. En efecto, no hacen más que generalizar partiendo de la ignorancia. La ciencia no nos dice nada -ni negativo ni positivo- a este respecto, y su afirmación de que la vida después de la muerte no existe, está absolutamente desprovista de fundamento. Tal afirmación hace pensar en la de un ignorante que no ha visto nunca un avión y que fundándose en este conocimiento, declara que los aviones no existen. Si alguien no ha visto una cosa, esto no quiere decir que esta cosa no exista. Ningún nombre, incluso la Humanidad entera, si no ha visto una cosa, no tiene el derecho de pretender que tal cosa no existe y no puede existir. Esta pretensión es ilusoria y rigurosamente anti - científica. Ningún hombre razonable puede sostenerla.

Consideremos ahora el segundo concepto. Según éstos, un ser humano es un hombre porque en su forma animal anterior, ha hecho buenas acciones; y un animal es un animal porque antes ha cometido malas acciones cuando era ser humano. En otros términos, el hecho de ser un hombre o un animal es la consecuencia de nuestras acciones a lo largo de nuestra forma anterior. Se puede entonces hacer la pregunta: ¿Quién ha existido primero, el hombre o el animal? Si se responde que el hombre ha precedido al animal, es preciso admitir entonces que ha debido ser un animal antes, y ha recibido una forma humana en recompensa de sus buenas acciones. Si se responde que era el animal, es preciso admitir que era un hombre antes de esto, que fue transformado en animal por sus malas acciones. Esto nos pone en un círculo vicioso, y los defensores de esta teoría no pueden resolver la forma bajo la cual apareció la primera criatura, porque cada nacimiento implica un estado anterior, de manera que el estado siguiente puede ser considerado como la consecuencia de l precedente. Esto es absolutamente absurdo.

Examinemos ahora el tercer concepto. Su primera suposición es: «El mundo llegará un día a su fin». Dios destruirá un día el Universo, y en su lugar evolucionará otro cosmos superior al primero. Esta afirmación es innegablemente verdadera; no se puede dudar de su veracidad. Si se reflexiona en la naturaleza del Cosmos, está claro que el sistema existente no es permanente y eterno, porque todas las fuerzas que en él actúan son limitadas en su naturaleza, y es cierto que un día llegarán a ser extenuadas. Por esta razón los sabios están de acuerdo para preveer que un día el Sol se enfriará y no producirá más energía, que las estrellas entrarán en colisión y que todo el sistema del Universo será destruido. Además, si la evolución es verdadera en el caso de los constituyentes de este Universo, ¿por qué no será verdad para la totalidad del Universo? Pensar que el Universo será completamente destruido y desaparecerá es más probable que pensar que evolucionará hacia otro estadio, que un nuevo orden de cosas emergerá en un estado aún más ideal y mejor.

La segunda proposición de esta creencia es que «el hombre de nuevo recibirá la vida». ¿Es esto posible? Si es que sí, ¿cómo la vida actual del hombre ha sido posible? Es posible que Dios que ha creado al hombre en este mundo puede hacer del mismo modo en la otra vida. Esto no es solamente una posibilidad, es también una necesidad positiva, como se demostrará más tarde.

La tercera proposición es: «Todas las acciones del hombre en este mundo están inscritas y serán presentadas en el Día de la Resurrección y del juicio». La prueba de la veracidad de esta proposición está dada en nuestra época por la ciencia misma. Antes se descubrió que los sonidos, que producimos emiten ondas impalpables en el aire y se extinguen. Ahora se ha descubierto que el sonido deja una huella en los objetos que nos rodean y puede ser por consiguiente reproducido. Es por este principio por lo que se hacen los discos. De ahí se puede comprender que la relación de cada movimiento del hombre está impresa en todas las cosas que están en contacto con las ondas producidas por los movimientos. Esto enseña que el registro de todas nuestras acciones es conservado en su totalidad y puede ser reproducido.

La cuarta teoría es que: «En el Día de la Resurrección, Dios tendrá su tribunal, y recompensará o castigará al hombre por sus buenas o malas acciones con toda equidad». ¿Es eso algo irrazonable? La razón misma exige que Dios tenga su tribunal y pronuncie un juicio equitativo. Vemos con frecuencia que un hombre hace una buena acción y que esto no le aporta nada en este mundo. Vemos a otros hombres que hacen malas acciones y no son castigados en este mudo. Mucho más, podemos citar millares de casos en los que una mala acción concluye con la felicidad y la gratificación de la persona culpable. Cuando se observan estas cosas que suceden todos los días, nuestra razón y nuestro sentido de la justicia exigen que vendrá un tiempo en el que el hombre que haya hecho el bien será recompensado, y el que haya hecho el mal, castigado. El presente orden de cosas, como podéis vosotros mismos comprobar, está sometido a la ley física según la cual el hombre es libre de hacer el mal si lo decide así, sin que sufra por ello necesariamente las consecuencias funestas. Si tenéis un bidón de gasolina y una caja de cerillas, podéis prender fuego en la casa de vuestro enemigo, y puede ser que os escapéis de todas las consecuencias de este acto si las condiciones terrestres están a vuestro favor, ¿significa esto que tal crimen no tiene consecuencias? ¡Ciertamente, no! Esto significa solamente que su resultado inmediato y físico se ve, y que el resultado moral está en suspenso. ¿Pensáis realmente que si estas consecuencias morales no apareciesen nunca, sería razonable? Si pensáis que tarde o temprano, deberán aparecer, se puede entonces preguntar: ¿Dónde? Ciertamente no en este mundo, porque en este mundo material, sélo las consecuencias materiales de las acciones se manifiestan plenamente, mientras que las consecuencias racionales y morales no aparecerán siempre. En efecto, no podrán manifestarse más que con la instauración de un nuevo orden de cosas, donde las leyes racionales y morales prevalecerán y tendrán preponderancia absoluta, y donde las leyes materiales serán sometidas. Se trata del nuevo mundo que, hemos dicho precedentemente, es el próximo estadio evolutivo del Universo. Es evolutivo en el sentido de que será gobernado por leyes morales y no por materiales; las consecuencias racionales de las acciones humanas, que hoy están suspendidas en todo o en parte en este mundo, aparecerán entonces. La salvación del hombre será determinada por su valor racional y moral, según su conducta en esta vida de puesta a prueba. Entonces, no veréis nunca a un hombre capaz obligado a someterse a un Imbécil, o un hombre moralmente superior ocupar una posición inferior con un canalla, como ocurre ahora en este mundo.

La última teoría de esta creencia es la existencia del Paraíso y del Infierno, que no tiene nada de Imposible. Si Dios puede crear el Sol, la Luna, las estrellas y la tierra, ¿por qué no podría crear el Paraíso y el infierno? Aunque tendrá su tribunal y pronunciar juicios equitativos recompensando a los que merecen y castigando a loa culpables, debe tener allá, un lugar donde los hombres de mérito podrán gozar de su recompensa feliz, felicidad y gratificaciones de todas clases y un lugar donde los condenados sufrirán el envilecimiento, el dolor y la miseria. Después de haber examinado todas estas cuestiones, toda persona razonable llegará a la conclusión de que la fe en la vida después de la muerte es el más racional de los conceptos, y que no hay nada de irracional o de Imposible en ello. Además, cuando un verdadero profeta como Muhammad -las bendiciones de Dios sean con él- ha afirmado esto como una verdad absoluta, y que sabemos que ha dicho siempre todo lo que era bueno para nosotros, la razón nos lleva a creer en esto implícitamente y no a rechazar esta fe sin verdaderas razones.

Los artículos, como hemos dicho, son los cinco artículos de la fe que constituyen la base del Islam. Su esencia está contenida en la corta frase llamada kalima e tayyib. Cuando declaráis la ilaha illa Allah («no hay más dios que Dios») rechazáis todas las falsas divinidades, y proclamáis que sois una criatura del Dios Único; y cuando agregáis muhammadun rasulullah («Muhammad es el mensajero de Dios») confirmáis y admitís el apostolado de Muhammad -las bendiciones de Dios sean con el-. El hecho de admitir su apostolado trae consigo la fe en la naturaleza divina y los atributos de Dios, en sus ángeles, sus libros revelados, y en la vida después de la muerte. Os obliga también a seguir con cuidado la vía de la obediencia y de la adoración de Dios que el profeta Muhammad -la paz sea con él- nos ha indicado. Es ahí donde reside el camino del triunfo y de la Salvación.



Abu Al'Ala Al-Maududi